Emilio Vicente se prepara para la segunda ronda de votaciones que se realizará este martes, 18 de febrero.
La gran carrera de Emilio Vicente.
Guatemalteco podría presidir consejo estudiantil en la Universidad de North Carolina*.
Redacción elPeriódico
La campaña para presidente del consejo estudiantil en la Universidad
de North Carolina, en Chapel Hill, recién ha empezado y no se vislumbra
nada inusual en el número de candidatos –cinco– o el hecho que dos de
ellos pertenezcan a la agrupación Morread-Cain, uno de los centros
académicos de mayor prestigio del país.
Pero hay un giro imprevisto que ciertamente genera discusión,
especialmente en un estado cuyos políticos han tomado un rumbo hacia la
derecha. Uno de los candidatos es un indocumentado inmigrante que se
identifica a sí mismo de esa manera. De hecho, está calificado como el
más probable ganador de las votaciones.
Su nombre es Emilio Vicente. Tiene 22 años y es parte de tres
minorías: latino, indocumentado y gay. Él llegó a los Estados Unidos
desde Guatemala cuando tenía seis años, su madre lo cargó entre alambre
espigado hasta Arizona, y él recuerda estas experiencias. (Recuerda el
chillido de una mujer que viajaba con ellos a quien le jalaron el pelo).
Y él floreció en Estados Unidos, sus méritos lo hicieron acreedor de la
beca privada que necesitaba para Chapel Hill, de donde es miembro.
Yo me junté con él el domingo, (26 de enero) y también con su equipo
de campaña. Se les notaba lo concentrados que estaban en enfocar sus
esfuerzos para recolectar para el martes 1,250 firmas para una petición.
Emilio llevaba más de 2 mil. La elección es el 11 de febrero, con la
necesidad de un desempate que deberá realizarse una semana después.
Su victoria sería un parteaguas, no solo localmente sino tal vez a
nivel nacional, y sería una oportunidad, según sus palabras, “de cambiar
la narrativa de lo que significa ser un indocumentado”. Sería una
reivindicación, también, y eso queda claro en su sitio de campaña. Bajo
la pregunta de “inspiración”, se lee “mis padres por sus sacrificios”.
Su padre arribó a Estados Unidos ilegalmente en 1992. Él y su madre
lo siguieron en 1997, viajando a través de México por tren, en un vagón
de carga. “Estoy bastante seguro que fue un tren para ganado, porque yo
podía oler el estiércol”, dijo. Desde Arizona se dirigieron a Soler
City, N.C., donde su padre desplumaba gallinas en una planta de animales
de corral. Su madre obtuvo un trabajo ahí también.
“Ellos regresaban del trabajo y me mostraban sus manos ampolladas”,
recuerda Emilio. “Y ellos decían, `Tú no quieres esto’”. Realizaba las
tareas de la escuela, a pesar de lo difícil, en parte por la poca
educación que sus padres recibieron y porque prácticamente no hablaban
inglés. Se mantuvo fuera de problemas, cuidando de no llamar la atención
hacia su familia.
Las cosas se complicaron. Su padre, quien había conseguido un nuevo
trabajo en un aserradero, quedó paralizado en un accidente laboral y
decidió regresar con sus familiares a Guatemala, la madre de Emilio
partió con él. La decisión quedó en manos de Emilio, entonces de 15
años: unirse a ellos o permanecer en Soler City con un hermano mayor,
que se las había arreglado para mantenerse en Estados Unidos.
Era el himno de Estados Unidos el que Emilio cantaba y que reconocía. Pensó en el futuro y en las manos de sus padres. Se quedó.
No ha visto a sus padres en siete años, porque él no puede volver a
entrar al país si sale. No tiene papeles, no tiene estatus legal. Si el
Gobierno normalmente no se hace de la vista gorda en los jóvenes como
él, estaría en riesgo de una deportación, pero no tiene miedo de ello,
especialmente desde que el presidente Obama en 2012 otorgó un plazo de
dos años renovables a los jóvenes productivos sin historial criminal,
permitiéndoles, por ejemplo, trabajar legalmente. Emilio está aplicando a
un trabajo.
Pero, un cambio en el Gobierno podría terminar este programa. No
incluye ninguna tranquilidad durable, no del tipo ofrecido por el
estancado Dream Act, el cual crea un camino hacia la ciudadanía para
muchos inmigrantes quienes fueron dejados aquí por sus padres, que no
tienen la culpa por sus cruces ilegales, estudiaron en EE. UU., y están
ansiosos por prestar sus habilidades para este país.
Las leyes federales y estatales son confusas contradicciones. Como un
inmigrante indocumentado, Emilio puede asistir a Chapel Hill, pero
tiene que ser considerado como extranjero y pagar matrícula como tal. Él
es inelegible para ayuda estatal o federal. Para su suerte, su beca
privada cubre el costo total. Su involucramiento en actividades en el
campus, ha dicho, son su forma de decir gracias y regresar lo que ha
obtenido.
Los republicanos en Washington, quienes han sido un obstáculo para la
reforma inmigratoria, están a punto de develar algunas nuevas
propuestas, las cuales, según se informa, lidiarán con los perversos
limbos en donde se encuentran los jóvenes inmigrantes.
Esperamos eso, porque si nosotros, como país, no estamos preparados
para abrir nuestros brazos y lugares de trabajo para los combatientes
como Emilio, entonces nosotros somos insensibles. Nos auto derrotamos.
Somos tontos.
Pero, mientras el Congreso oscila sobre su grado de bienvenida en
América, estudiantes aquí en Chapel Hill están haciéndose una pregunta
más elegante, más iluminada. ¿Él ( Emilio) representa lo mejor de
nosotros, y debería ser nuestro líder?
* Traducción libre del artículo de Frank Bruni en el New York Times
publicado el 27 de enero pasado, días antes de la primera ronda de
votación que se realizó el 11 de febrero. Ese día Emilio Vicente pasó a
la segunda etapa que se disputará este martes.
Elección
El pasado martes, Emilio Vicente obtuvo el 41.08 por ciento de
los votos, aunque no logró ganar la elección, pasó a segunda ronda.
“Honestamente, todavía estoy impactado”, comentó. Edward Powell se
colocó en segundo lugar con 28.4 por ciento. El martes 18 de febrero se
celebrará la segunda ronda entre ambos candidatos. En la foto Vicente
figura junto a un integrante de su equipo.
Fuente Original:
http://www.elperiodico.com.gt/es/20140216/pais/242747/